sábado, 18 de septiembre de 2010

Artículo: Iconos

En estos días hemos vivido el ocaso de una figura mediática que, quizá a su pesar, los medios de comunicación convirtieron en todo un héroe y los políticos, siempre de miras cortas, consagraron como ejemplo. La figura del profesor Jesús Neira, tratado solemnemente con la profesión por delante, se engrandeció mientras estuvo incapacitado en la cama de un hospital. Su mérito era el haber defendido a una mujer en apuros, algo que posiblemente haríamos muchos, poniendo, como así fue, en grave riesgo su propia integridad física.

Al recuperarse pudo ser por fin el objeto de nuestra admiración. Se prodigó por los mismos medios de comunicación que lo habían convertido en héroe. Quitaba importancia a su acción, pero no rechazaba ninguno de los beneficios que le había aportado. Algún avispado asesor decidió utilizar su nombre y su imagen para mayor lustre de su gobierno y su partido y, como si su acción lo convirtiera en experto en la materia, lo convirtieron en presidente de un Consejo contra la violencia de género.



Pero, claro, Jesús Neira no era la persona ideal que habíamos construido. El héroe perfecto no lo era tanto simplemente por ser él mismo. Porque tiene cierta ideología ‘inflamable’, porque no es una persona condescendiente o, en el que parece ser el último capítulo de su vida pública, porque también es capaz de transgredir la legalidad.

Y tal como lo crearon, han acabado con él. Es la fugaz vida de los iconos que crea esta sociedad acelerada y poco reflexiva.

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